Comentario Nº 118, 1 de agosto de 2003
¿Ha perdido Saddam Hussein?
La respuesta, según las autoridades estadounidenses, es obvia. Paul Bremer, procónsul estadounidense en Iraq, dijo recientemente: "vivo o muerto, ese hombre está acabado en Iraq". Lo equivocado de ese dictamen es que se hace desde la estrecha perspectiva de alguien acostumbrado a intervenir en geopolítica desde una posición de fuerza, y que por tanto evalúa las ganancias y pérdidas muy a corto plazo. Pero el juego de la geopolítica es diferente si se juega desde una posición de debilidad relativa; en ese caso hay que jugar a medio plazo. Examinemos la situación en Iraq desde el punto de vista de Saddam Hussein.
En 1958 oficiales nacionalistas radicales derrocaron a la monarquía hachemí e instalaron en el poder a Abdul Karim Qassem. Aquel gobierno se proclamaba panarabista y revolucionario. Sacó a Iraq del pacto de Bagdad, respaldado por Estados Unidos; nacionalizó parte de la industria petrolífera; y gozaba del apoyo del partido comunista de Iraq. A Estados Unidos le pareció que se estaba aproximando demasiado a la Unión Soviética. En 1963 Qassem fue derrocado y en 1968 un nuevo golpe de Estado instaló definitivamente al partido Ba’az en el poder. Ese partido forma parte de un movimiento laico, socialista y nacionalista panárabe extendido por varios países, hostil a los partidos comunistas. Muchos creen que la CIA ayudó al Ba’az al llegar al poder, y de hecho éste ilegalizó por unos años al partido comunista de Iraq.
Por aquella época Saddam Hussein era un joven y prometedor líder del Ba’az, sobrino del presidente Al Bakr, inteligente y despiadado. En 1979 obligó a dimitir a su tío y se convirtió en gobernante supremo de Iraq iniciando una purga sangrienta y prolongada de opositores. ¿Qué quería Saddam, además de permanecer en el poder? Quería reforzar el papel árabe en la política mundial. Pretendía fortalecer la unidad árabe, y probablemente se veía a sí mismo como líder natural del mundo árabe, un nuevo Saladino. Sin duda había otros aspirantes a ese puesto, pero una vez desaparecido Nasser ninguno era tan fuerte como él. Además, Bagdad siempre había ambicionado, junto con El Cairo, el status de centro del mundo árabe-musulmán.
Saddam sabía que tenía muchos enemigos. En el mundo árabe, los dos principales eran los comunistas y los islamistas, que le odiaban. En el resto del mundo, los dos principales eran Irán e Israel, que le odiaban, y Estados Unidos y Rusia, cada uno de los cuales esperaba que Saddam odiara más al otro. Saddam no podía combatir contra todos sus enemigos a la vez. Sin cortar sus lazos con la Unión Soviética, estableció un acuerdo tácito con Estados Unidos en la época de Ronaldl Reagan. Precisamente fue Donald Rumsfeld quien acudió a Iraq para sellar el pacto. ¿En qué consistía éste? Iraq atacó a Irán; en parte para conquistar territorio, en parte para debilitar a los shiíes dentro de Iraq, en parte para ganar lograr prestigio panárabe, y en parte para fortalecer su propio ejército. A Estados Unidos, que en aquella época consideraba a Irán el principal peligro para sus intereses en Oriente Medio, le pareció una idea estupenda, y le proporcionó, directamente y a través de sus aliados como Arabia Saudí, armamento convencional, armas biológicas y químicas, y apoyo de inteligencia (para decirlo todo, quienes alentaron primero a los iraquíes para obtener armas nucleares fueron los franceses, pero los israelíes bombardearon aquellas instalaciones).
La guerra Iraq-Irán fue un desastre desde el punto de vista de Saddam. Tras ocho años de combate unos y otros volvían a estar en el punto de partida, habiendo sufrido enormes pérdidas en vidas y recursos. Sin embargo, la guerra mantuvo ocupados a los iraníes y eso era positivo para Estados Unidos. Saddam pidió una compensación, pero tanto Estados Unidos como Arabia Saudí difirieron la respuesta. Precisamente en ese momento, la Unión Soviética se vino abajo. La Guerra Fría había acabado. Saddam Hussein lo vio como un regalo del cielo, no como un contratiempo. La Unión Soviética le había abastecido continuamente de armas, pero el precio que tenía que pagar por ello era no hacer nada que pudiera dañar las relaciones soviético-estadounidenses. Saddam había quedado por fin liberado de esa limitación.
En 1990 Iraq se encontraba en dificultades económicas, al haber bajado mucho el precio del petróleo en el mercado mundial, y debido a los enormes costes de la guerra contra Irán. Kuwait insistía en que se le pagaran sus préstamos durante la guerra Iraq-Irán, y puede que también hubiera estado robando petróleo iraquí mediante perforaciones oblicuas. Por otra parte, Iraq mantenía una reclamación histórica sobre Kuwait, afirmando que había formado parte de la provincia de Basora en la era otomana, habiendo sido arbitrariamente separado de ella por los británicos tras la Primera Guerra Mundial. Así pues, Saddam decidió que la solución para sus problemas económicos era apoderarse de Kuwait. Eso también satisfacía una reivindicación nacionalista iraquí, y si tenía éxito convertiría a Iraq en el país más importante del mundo árabe. Iraq podía ser incluso el salvador de Palestina, justamente cuando las negociaciones entre la OLP y los israelíes acababan de romperse.
Los cálculos de Saddam eran probablemente de este tenor: la invasión de Kuwait sería calificada sin duda de agresión, ¿pero podría salirse con la suya? ¿Quién podía oponérsele? Sólo Estados Unidos estaba en condiciones de hacer algo serio, y durante mucho tiempo se había mostrado ambiguo en sus relaciones con Iraq. Como sabemos ahora, la embajadora estadounidense April Glaspie dijo a Saddam pocos días antes de la invasión que Estados Unidos se mantendría neutral en la disputa diplomática Iraq-Kuwait. Así pues, razonaba Saddam, Estados Unidos reaccionará o se abstendrá.
Si se abstenía, Saddam habría vencido. Si reaccionaba, habría una guerra, pero Iraq no sería derrotado de forma aplastante, ya que Estados Unidos no se atrevería a invadirlo. Eso era efectivamente correcto, por las razones que dieron por aquellos días el presidente George H. W. Bush y el general Schwarzkopf: Una invasión habría sido demasiado costosa en vidas estadounidenses; la ocupación también habría sido muy costosa políticamente, y Arabia Saudí y Turquía temían una fragmentación de Iraq y la consiguiente creación de un Estado shií en el sur y un Estado kurdo en el norte.
Así pues, cuando concluyó la primera guerra del Golfo, Saddam había conseguido una tregua en el punto de partida. Sufrió algunas pérdidas. Había perdido parte de su ejército y de su fuerza aérea. En el norte se había establecido de facto un Estado kurdo, pero no un Estado shií en el sur. Iraq estaba sometido a un régimen de inspección de la ONU para acabar con sus armas de destrucción masiva. Cuando Saddam consiguió que los inspectores se marcharan en 1998, la mayoría de éstas habían sido desmanteladas.
Cuando llegó al poder George W. Bush, Saddam sabía que estaba en un aprieto, ya que la mayoría de los principales consejeros del nuevo presidente estadounidense se habían declarado públicamente partidarios del derrocamiento de Saddam pocos años antes. Entonces llegó el 11 de Septiembre, y Saddam tuvo que saber que iba a ser él, y no Osama bin Laden, quién pagaría el precio. Así que volvió a llamar a los inspectores de la ONU, sabiendo que no encontrarían nada, ya que al parecer había destruido las armas de destrucción masiva o no las había mantenido operativas. Pronto quedó claro, no obstante, que nada que Saddam pudiera hacer evitaría la invasión estadounidense, ya que el objetivo de la invasión era derrocarle y establecer el poderío estadounidense en la región.
¿Por qué entonces, si ya no tenía armas de destrucción masivas, no lo dijo? Pues bien, efectivamente lo dijo, pero nadie le creyó. ¿Qué podía hacer entonces? Conocía el poder limitado de su propio ejército, y sabía que perdería la segunda guerra del Golfo. Si uno fuera Saddam, y supiera que iba a perder la segunda guerra del Golfo, ¿qué haría? Obviamente, preparar la tercera guerra del Golfo. ¿Cómo podría hacerlo? Lo primero sería asegurarse de que sobreviviera la mayor cantidad posible del contingente relativamente pequeño de combatientes leales, y para ello la resistencia debía cesar temprana y espectacularmente. Lo segundo sería propiciar un desorden masivo mediante el sabotaje sistemático. Lo tercero sería iniciar una guerra de guerrillas, cuyo primer objetivo serían los soldados estadounidense y en segundo lugar todos sus colaboradores.
A continuación uno se sentaría a esperar la erosión de la posición estadounidense. Cabía esperar que dos opiniones públicas cruciales se modificaran con el tiempo. En Estados Unidos, la creciente pérdida de vidas, la incapacidad para hacer que las cosas funcionen en Iraq, y las evidentes mentiras del régimen de Bush erosionarían el apoyo estadounidense a la operación. Y en Iraq, conforme pasara el tiempo, la imagen de Saddam como torturador cedería el paso a la imagen de Saddam como resistente nacionalista. Incluso si Estados Unidos consiguiera hallar y matar a Saddam, su imagen podría sobrevivir. Y en cualquier caso, la imagen de Estados Unidos como liberador se desintegraría.
Eso no es tan bueno como ser Saladino, pero cuando se es débil hay que apostar por lo que se puede conseguir. Bush piensa que si captura a Saddam habrá vencido, pero éste piensa que si se quita de en medio a Bush será él quien habrá vencido. Veremos cuál de los dos lleva razón.
Immanuel Wallerstein (1 de agosto de 2003).
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